Degradación irreversible en la Amazonía ecuatoriana por la ampliación de la frontera extractiva

Samantha Judith Arreortúa Camacho
Foto: El País

La conflictividad al interior de la región amazónica es un problema que nos involucra a todas y todos, ya que se trata de una disputa por la vida. La región se extiende a lo largo de 9 países. Comprende el bosque tropical y la cuenca más grande del mundo, que alberga el 20% del agua dulce de toda la superficie terrestre. En ella habitan 33 millones de personas, 6,000 especies de animales y aproximadamente 40,000 especies de plantas (CAF, 2019). Sin embargo, su importancia se ha definido, más bien, por los recursos que hay debajo de la tierra, pues de ellos depende el sistema de producción dominante.

Desde la década de los sesenta las actividades extractivas comenzaron a ampliarse y a tener un impacto mucho más transgresor para las múltiples formas de vida en la Amazonia. El costo ha sido alto pues en 50 años se ha perdido el 17% del bosque a causa de la deforestación, el aumento de incendios y la contaminación de los suelos por el extractivismo (PNUMA, 2019). La promesa del desarrollo ha permitido y justificado a las empresas y a los Estados continuar extendiendo la frontera extractiva, pues ya se tiene bien contemplado aquello que se debe sacrificar por el crecimiento económico y la acumulación de capital. Por eso el exterminio de comunidades, el cambio climático y la extinción de especies se piensan como daños colaterales y no como amenazas reales a la vida.

En toda la región amazónica existe una historia muy larga de violencia y despojo que se sigue contando hasta nuestros días. La Amazonía ecuatoriana es uno de los mayores ejemplos del nivel de degradación que las actividades de exploración y explotación de petróleo pueden generar en la tierra, el agua y las comunidades habitantes. El caso de la petrolera Texaco, ahora Chevron, es registrado como uno de los más grandes desastres petroleros que ha habido en el mundo y es uno de los ejemplos en los que se materializan los impactos de cómo se gesta la territorialidad de la dominación (Ceceña, 2018) que crean estas empresas, en términos de los modos de vida y modos de uso de los territorios que imponen para definir el rumbo de la expansión capitalista.

De 1964 a 1990, la empresa petrolera Texaco trabajó en la zona nororiente de Ecuador, donde se ubican las provincias de Sucumbios y Orellana. Perforó 339 pozos en

430,000 hectáreas para poder extraer 1,500 millones de barriles de petróleo, aproximadamente (Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana, 2015). La degradación tan excesiva que se dio en todo el ecosistema fue debido a que la empresa incumplió el acuerdo de explotación que especificaba los métodos necesarios para disminuir

los impactos negativos de las operaciones extractivas, que de hecho Texaco patentaba y utilizaba en Estados Unidos. Por el contrario, construyó cerca de 1,000 piscinas donde se arrojaban todo tipo de residuos sin ningún recubrimiento, las aguas residuales se vertieron a las fuentes de agua natural, regó crudo en las carreteras para evitar la formación de polvo e incineró el excedente de residuos tóxicos (Fuentes y Miguel, 2016).

Las afectaciones a la tierra y el agua se registraron muy por encima de las concentraciones de toxicidad más altas registradas en el país. Lo cual se tradujo en serias afectaciones a las comunidades indígenas de la región, pues subsisten de la agricultura, la pesca y la recolección de alimentos, que se vieron imposibilitadas por la fuerte contaminación que se había propagado en sus territorios, forzando su desplazamiento para sobrevivir. Desafortunadamente comunidades originarias como los tetetes y sansahuaris fueron condenados a la extinción y pesará por siempre la responsabilidad sobre Texaco (Acosta, 2009). Se registraron fuertes afectaciones a la salud que terminaron en muertes por cáncer, abortos espontáneos y otras enfermedades hormonales especificas en las mujeres, sumado a las denuncias por violencia sexual de parte de los trabajadores a mujeres y niñas de las comunidades.

El Ecuador amazónico comprobó que la actividad petrolera constituye la mayor amenaza para la región pues es intensiva en degradación en todas sus fases, ya que el recuento de los daños se hace desde las actividades de exploración porque implican la realización de explosiones para abrir el suelo, la deforestación de zonas elegidas para la extracción, la instalación de grandes máquinas en el territorio, la llegada de trabajadores externos a las comunidades y la presencia de cuerpos militares para la securitización del proyecto petrolero. De hecho, las Fuerzas Armadas ecuatorianas han tenido una mayor presencia en distintas regiones de la Amazonia al servir como protectoras de los proyectos y actividades de las empresas petroleras, para detener y reprimir a quienes se oponen a las prácticas extractivas, porque la seguridad funciona en términos de las prioridades del sistema de producción.

Debido a la presión social y a la movilización de las comunidades, se obligó a Texaco a limpiar los residuos de petróleo en las regiones afectadas. Sin embargo, no hubo remediación, la limpieza fue totalmente superficial y las concentraciones de contaminantes se mantuvieron en los mismos niveles. Hasta la fecha, Chevron no ha tomado la responsabilidad de los daños, ni ha compensado a las comunidades por destruir sus hogares, su kawsak sacha (selva viva). El nulo interés por remediar los efectos tan intensos que impactaron social, económica y culturalmente a las comunidades indígenas siona, secoya, cofán, kichwa,

waorani, tetetes y sansahuaris, responde a que la región amazónica ha sido vista y tratada como la periferia de la periferia (Acosta. 2009), importa en cuanto a los recursos que existan para explotar, por eso es considerada un espacio social y físicamente vaciable (Svampa, 2019)

La historia de despojo y violencia se sigue contando en la Amazonía ecuatoriana porque en medio de la pandemia de COVID-19 se han presentado dos derrames de petróleo con afectaciones muy severas para las comunidades de las provincias de Napo, Sucumbios y Orellana al norte de la región. El problema es que el recuento de daños para las empresas petroleras por los derrames se mide en dólares y para las comunidades se traduce en vidas. Las afectaciones por el contacto directo al petróleo traen severas consecuencias en la piel a largo plazo y enfermedades estomacales de gravedad, sumado al deterioro de la tierra en la que ya no pueden sembrar ni cosechar sus alimentos en un contexto tan complejo como lo ha sido la pandemia.

El modelo de desarrollo extractivista que se impone en los territorios de las comunidades y pueblos de la Amazonía es incompatible con las formas de vida que ahí habitan y, al mismo tiempo, pone en riesgo al planeta entero. El contexto de colapso medioambiental necesita con urgencia escuchar los saberes que de la selva, la tierra y del agua se crean. La posibilidad de la vida está fuera del sistema capitalista, pues ya hemos visto que dentro de él sólo cabe desigualdad, violencia y muerte.


Bibliografía

Acosta, A. (2009). La maldición de la abundancia. Ediciones Abya Ayala.

CAF Banco de Desarrollo de América Latina (2019). La riqueza natural de la Amazonía como   base     del       desarrollo       sostenible                         regional, https://www.caf.com/es/conocimiento/visiones/2019/09/la-riqueza-natural-de-la-amazonia-co mo-base-del-desarrollo-sostenible-regional/

Ceceña Ana E. (2018). Hegemonía, poder y territorialidad. En D. Herrera Santana (Ed.), Espacios de la dominación. Debates sobre la espacialización de las relaciones de poder. (19-38). Ediciones monosílabo. Facultad de Filosofía y Letras.

Fuentes, N. y Miguel, C. (01 de junio de 2016) La huella tóxica de Texaco en Ecuador.

Ecologistas en acción. https://www.ecologistasenaccion.org/32593/

Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana. (2015), El caso de Chevron/Texaco en Ecuador. Una lucha por la justicia ambiental y social.

https://www.cancilleria.gob.ec/wp-content/uploads/2015/06/Expediente-Caso-Chevron-abril- 2015.pdf

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (10 de septiembre 2019). Sí es posible          preservar        la         Amazonía. https://www.unep.org/es/noticias-y-reportajes/editorial/si-es-posible-preservar-la-amazonia

Svampa, M. (2019). Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. CALAS

La(s) geopolítica(s) feminista(s) como resistencia a la militarización

Danna Sofía Hernández Ascencio
Fuente: Pedro Valtierra / La Jornada

Durante años, las perspectivas y metodologías clásicas que han dominado la producción del conocimiento geopolítico han tenido como característica tanto la hiperfocalización del Estado como único agente relevante (es decir, un claro estatocentrismo), como la subordinación de toda investigación y conceptualización dentro del campo de estudio a los intereses del sistema, popularizando una visión hegemónica -y patriarcal- que se pretende presentar como única en validez y relevancia, es decir, totalizadora.

Como consecuencia de esta fragmentación deliberada, parecería que la geopolítica solamente debería interesarse en aquellas dinámicas que competen a los actores clásicos del sistema internacional, cuestiones que, no sobra mencionar, se encuentran íntimamente ligados a los factores económicos y militares, pretendiendo como únicamente relevantes aquellos conflictos que atenten contra la seguridad tradicional.

Así, detrás de esta visión hegemónica que busca de forma general el dominio de un conocimiento geopolítico militarizado que se subordine al mantenimiento del masculinizado y violento status quo, se encuentran dinámicas tanto patriarcales como colonizantes, raciales, clasistas y violentas (por mencionar algunas de sus múltiples características), que buscan mutilar tanto la capacidad de agencia como de existencia de otrxs actorxs y/o prácticas que representen una resistencia que encare y se contraponga al funcionamiento del sistema.

Esbozado lo anterior, el presente texto tiene como objetivo identificar las contribuciones de las corrientes feministas geopolíticas contra la militarización, rescatando no sólo la importancia de ver de manera crítica la producción del conocimiento geopolítico (aquello que en 1998 Ó Tuathail llamaba “ojo anti-geopolítico”[1]), sino de cuestionar las formas del mismo, es decir, reconocer desde dónde viene, para quién o quiénes se produce y por qué se investiga lo que se investiga; ejercicios reflexivos fundamentales para reconocer su vigencia y practicidad incluso en los rincones de la cotidianidad.

Así, examinar el impacto de las miradas feministas -en plural- dentro de la geopolítica ayudará a desaprender y desaprehender -con h- lógicas que permitan reconocer la importancia de repensar otras formas de convivencia, y además la urgencia de las mismas ante un panorama mundial que tiene como característica y constante una crisis civilizatoria que se articula mediante una militarización profunda a lo largo del globo.

De tal modo, sería fundamental retomar los postulados de Ana Esther Ceceña[2] mediante los cuales se reconoce que lo militar se ha convertido en el eje ordenador del proceso general de reproducción capitalista, cuestión que se explica desde la incapaz e insuficiente persuasión de otros agentes tales como el mercado.

Así, los canales y medios mediante los que se busca ejercer esta dominación, que se articulan a través de instituciones, normas y políticas delimitadas, es decir, mediante la aplicación de los valores militares en las formas de relación social y cotidianidad para beneficio del poder establecido, se encubren bajo el manto de la preservación de la abstracta seguridad nacional.

Más allá del propio mutilamiento cognitivo que se produce al ignorar la militarización intencionada/específica de los espacios, esta dinámica hegemónica/segregativa va dotando de ciertas capacidades o agencias a ciertxs actorxs mientras se excluyen e invisibilizan a lxs otrxs. Es aquí donde quiero ubicar a la mujer, o mejor dicho a las mujeres, sujetas que si bien resulta imposible pretender como constantes y homogéneas, sí convergen en una vivencia histórica compartida: la del patriarcado.

Una de las ideas principales a resaltar es que el ser mujer, o la experiencia de serlo, está territorializado, es decir, se encuentra íntimamente ligada al territorio, entendiendo a este último no sólo como un pedazo de tierra neutro o delimitado, sino como un espacio complejo, diverso y cambiante en el que convergen múltiples identidades, intereses que se contraponen y resistencias a las que no pocas veces se busca silenciar.

Lo anterior estimula a que nos preguntemos qué significa la presencia de una geopolítica feminista (o mejor dicho geopolíticas feministas) en  la actualidad, e incluso más interesante, cómo éstas pueden representar una resistencia contra la militarización. ¿Por qué seguir apostando por repensar o impensar las lógicas hasta ahora sostenidas en la estructura sistémica? ¿De quién o para quién será esta producción de conocimiento?

De tal modo, el vacío o el vaciado de las mujeres ha construído lógicas epistémicas violentas en las que las que estas sujetas son vulneradas y transgredidas mediante la racialización de sus cuerpos y vidas, creando espacios con pretensión de neutralidad que son, cuando menos, lacerales y perjudiciales, construyendo y manteniendo diligencias en las que se les exotiza, jerarquiza, explora o erotiza según los parámetros masculinos-militares que pretenden presentarse como naturales o intrínsecos no sólo a las personas, sino también a los territorios.

Un sistema de organización social como el capitalista, sustentado en la competencia y en la consecuente negación del otro, es un sistema en el que la guerra es un rasgo inmanente. Abandonar o buscar romper con las visiones dominantes es apostar por retornar a la humanización del conocimiento, girar hacia todas aquellas alternativas que, bajo las resistencias de ciertas existencias, se incomodan ante las injusticias que se enmascaran dentro de la dominante razón geopolítica patriarcal-militar, racial y sistémica hegemónica.

Aunado a lo anterior, no resulta menor avivar un debate que apunte hacia importancia de reconocer y seguir trabajando con lógicas críticas y humanas (se reconozcan como feministas o no) en el campo de la geopolítica, tejiendo diálogos no sólo con las otredades sino también dentro del propio movimiento, todo con el fin de articular resistencias que se enfrenten al panorama actual, entendido este como de guerra total contra la totalidad[1]  del mundo.[3]

Por lo tanto, y siguiendo a Merje Kuus[4], se podría mencionar que desde sus orígenes la investigación feminista ha buscado y luchado contracorriente para ampliar la percepción de la agencia de la geopolítica limitada o estatocéntrica y militar, ofreciendo una visión y entendimiento del poder que, partiendo desde el punto de enunciación específico, lo concibe como situado y encarnado.

A modo de conclusión, reconocer la heterogeneidad tanto de la geopolítica crítica como de las visiones feministas es fundamental para su vitalidad y éxito, de ahí que uno de los mayores logros se encuentre en concebir a todo aquello catalogado como exterior o diferente como un nuevo punto de enunciación que importa y es relevante. Se debe, indudablemente, reducir la forma masculinizada y violenta de entendimiento y razonamiento, abogando por la fundamentalidad de colocar a los cuerpos y prácticas diarias o cotidianas como centro de la geopolítica.

Es tiempo de girar a las miradas feministas para dotarnos de herramientas que logren explicar las relaciones que se circunscriben dentro del complejo campo de la geopolítica, reconociendo la interconectividad de las formas de violencia que no siempre son reconocidas como tales. Pero, aún más relevante, reconociendo nuestra capacidad de acción y la urgencia de impensar las dinámicas existentes para construir mejores mundos o, cuando menos, mundos en los que quepan muchos mundos.


[1] Gearóid Ó Tuathail, “Introduction. Thinking critically about geopolitics”, en Ó Tuathail, Dalby y Routledge, The geopolitics reader, Routledge, London, 1998. pp.1-12.

[2]Ana Esther Ceceña, “Poder, emancipación, guerra y sujetidad” en León Efraín, Praxis espacial en América Latina. Lo geopolítico puesto en cuestión. Ítaca-UNAM, México, 2018, pp. 21-35.

Ana Esther Ceceña, “Territorialidad del poder” en  Revista inclusiones, 2018, pp. 178-193.

[3] Subcomandante Insurgente Marcos [sim], 1994, en Ana Esther Ceceña, op.cit.

[4] Merje Kuus, Critical Geopolitics, Department of Geography, University of British Columbia, 2010


Fuentes consultadas:

Ceceña, Ana Esther, “Poder, emancipación, guerra y sujetidad.” en León Efraín, Praxis espacial en América Latina. Lo geopolítico puesto en cuestión, Ítaca-UNAM, México, 2017, pp. 21-35.

Ceceña, Ana Esther, “Territorialidad del poder” en Revista inclusiones, 2018, pp. 178-193.

Farinelli, Franco, “Crítica a la razón cartográfica: de la razón de estado a la razón instrumental”, en Farinelli, Del mapa al laberinto. Icaria, 2013,  pp. 241-267.

Kuus, Merje, Critical Geopolitics, Department of Geography, University of British Columbia, 2010.

Ó Tuathail, Gearóid, “Introduction. Thinking critically about geopolitics”, en Ó Tuathail, Dalby y Routledge, The geopolitics reader, London, Routledge, 1998,  pp.1-12.

Economía de Guerra Permanente: estrategias [erróneas] de salida ante la crisis

Brandon Young Durán

En los consejos de gobierno, debemos estar alerta contra el desarrollo de influencias indebidas, sean buscadas o no, del complejo militar-industrial. Existen y existirán circunstancias que harán posible que surjan poderes en lugares indebidos, con efectos desastrosos.

Dwight D. Eisenhower, 17 de enero de 1961.[1]


Foto: Brian G. Rhodes

Una de las principales lecciones que la Segunda Guerra Mundial le trajo al capitalismo fue que elevar el gasto militar podía fungir como un estímulo para la economía (Bellamy, Holleman y McChesney, 2008). Conocido como Keynesianismo militar o economía de guerra permanente, el objetivo era conseguir el pleno empleo mediante la formulación de políticas destinadas a impulsar la producción bélica industrial. Y en efecto funcionó, ya que el cuantioso incremento del gasto militar de Estados Unidos durante la guerra permitió que superaran los estragos causados por la Gran Depresión. Fue entonces que el establishment estadounidense se percató de dos cosas. La primera fue que necesitaban, si deseaban mantener su hegemonía en el mundo, consolidar una infraestructura bélica industrial para producir los armamentos y otros pertrechos necesarios para desplegar su poder militar en el globo. La segunda fue que los gastos en defensa debían de mantenerse en una tendencia creciente.

Para justificar el enorme gasto en defensa, Estados Unidos ha buscado “enemigos necesarios” para mantener en funcionamiento la maquinaria del Complejo Militar Industrial herencia de la Segunda Guerra Mundial (Domínguez, 2006). Durante la Guerra Fría el enemigo fue la antigua Unión Soviética. Con el fin de la confrontación Este-Oeste, y tras la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), los Estados Unidos encontraron en las “intervenciones humanitarias” la justificación para mantener el alto gasto militar. Al comienzo del siglo, el ala neoconservadora de Washington eligió la “Guerra Global contra el Terrorismo” como su nuevo estandarte para continuar la carrera armamentista en favor de, según ellos, la libertad y la seguridad en el mundo con miles de millones de dólares destinados para la defensa.

Con el derrumbe del socialismo real en Europa, aunado a la disolución de la URSS, empezó una búsqueda de nuevos “enemigos” que justificaran y terminaran de cimentar el armamentismo estadounidense. Tal fue el caso del muy discutido ensayo de Samuel Huntington en la revista de Foreign Affairs en 1993, “El Choque de Civilizaciones”; que posteriormente sería convertido en libro. En este, el autor argumenta que las nuevas confrontaciones ya no serán por cuestiones ideológicas, sino por diferencias entre civilizaciones. El conflicto ahora se traslada hacia otro plano, según Huntington, en el que la civilización Occidental se enfrenta con las no-Occidentales (Huntington, 1993). Este pensamiento fue el que permeó en los llamados halcones de Washington que orquestaron la invasión de Afganistán e Iraq en 2003 y 2004, respectivamente.

La Guerra Global contra el Terrorismo permitió que todo el andamiaje bélico industrial de Estados Unidos se modernizara y continuaran los elevados gastos militares. ¿La razón? Perseguir a quienes perpetraran atentados terroristas como los del World Trade Center en Nueva York en 2001. Washington y sus aliados solicitaron a sus congresos y parlamentos que destinaran cuantiosas cantidades para luchar contra terroristas que se ubicaran en otras latitudes, ya que, como lo dijo la ex secretaria de Estado, Hilary Clinton: “Estados Unidos se reserva el derecho de atacar en cualquier lugar del mundo a todo aquello que sea considerado una amenaza directa para su seguridad nacional” (Bacevich, 2012).

Las empresas dedicadas a la industria militar en Estados Unidos tienen importantes obligaciones con el Departamento de Defensa y el Pentágono ya que cuentan con contratos para suministrar a las Fuerzas Armadas de armamento. En este sentido, Lockheed Martin tuvo un contrato para el año fiscal 2021 por $40.2 billones de dólares con el gobierno de los Estados Unidos, seguido por Boeing con obligaciones por $20.1 billones de dólares, Raytheon Technologies con $20.7 billones en contrato y General Dynamics con obligaciones por el orden de los $17 billones de dólares  (Bloomberg, 2022). Es importante notar que para el ejercicio fiscal del 2021 varias empresas farmacéuticas como Pfizer y Moderna aparecen dentro los primeros lugares de los contratos con el gobierno (Bloomberg, 2022).

Ahora bien, ¿de qué beneficios gozan estas corporaciones en los pasillos de Washington que les han permitido amasar un enorme poder económico, político y financiero? En primer lugar, tiene que ver con los contratos del Departamento de Defensa, ya que al suplir una demanda previamente conocida (es el Congreso quien solicita el número de aviones de combate, tanques, barcos, etc.), a precios previamente acordados (es cierto que en reiteradas ocasiones el presupuesto se eleva debido a diferentes factores de la producción no previstos), los márgenes de ganancia están garantizados. Aunado a esto, los asuntos de seguridad nacional y de defensa disfrutan de un elevado grado alto de prioridad dentro de los asuntos del gobierno, por lo que reciben atención antes de temas como educación, salud o seguridad social.

Del mismo modo, estas corporaciones que forman parte del Complejo Militar Industrial de Estados Unidos tienen un enorme poder de negociación frente al Congreso por una simple razón: los empleos. En los estados de la Unión, en los que se instalan las plantas de las distintas corporaciones se crean eslabones económicos debido a la creación de empleos directos e indirectos. Estos se traducen en votos que los congresistas añoran para alcanzar un escaño o mantenerlo mediante la reelección. Es por ello que las empresas dedicadas a la industria bélica buscan el apoyo de los senadores y congresistas al prometer abrir plantas para el, por ejemplo, nuevo avión de combate F-35 que impulsará la creación de empleos en un Estado determinado. De negarse el congresista, las empresas simplemente trasladarían su operación a otro Estado que resultaría enormemente beneficiado por la derrama económica.

Para concluir, podemos afirmar que los principales beneficiados de las actuales guerras y conflictos armados en el mundo son las grandes corporaciones del Complejo Militar Industrial. ¿Qué es lo que podemos esperar? Un aumento sostenido en los próximos años de los presupuestos de defensa de las principales potencias. Esto irá de la mano con una enorme transferencia de armas tanto a países “desarrollados” y en paz como a “subdesarrollados” y con conflictos. Habría que preguntarse si el incremento en los gastos militares no es pensado como una estrategia [equivocada] para salir de la actual recesión mundial.

[1] Discurso de despedida del presidente Dwight D. Eisenhower.

Bibliografía

Address, President Dwight D. Eisenhower’s Farewell. 1961. «National Archives.» Milestone Documents. 17 de Enero. Último acceso: 10 de Octubre de 2022. https://www.archives.gov/milestone-documents/president-dwight-d-eisenhowers-farewell-address.

Bloomberg. 2022. Bloomber Government. 14 de Julio. Último acceso: 11 de Octubre de 2022. https://about.bgov.com/top-defense-contractors/.

Bacevich, Andrew. 2012. Tom Dispatch. 19 de Enero . Último acceso: 10 de Octubre de 2022. https://tomdispatch.com/andrew-bacevich-uncle-sam-global-gangster/.

Bellamy, John, Hannah Holleman, y Robert McChesney. 2008. The U.S. Imperial Triangle and Military Spending. 1 de Octubre . Último acceso: 10 de octubre de 2022. https://monthlyreview.org/2008/10/01/the-u-s-imperial-triangle-and-military-spending/.

Beinstein, Jorge. 2013. «La ilusión del metacontrol imperial del caos. La mutación del sistema de intervención militar de Estados Unidos.» Mundo Siglo XXI 27-35.

Domínguez, Esteban Morales. 2006. «Imperialismo y economía militar norteamericana. El denominado complejo militar industrial.» Economía y Desarrollo 117-152.

Huntington, Samuel. 1993. «The Clash of Civilizations?» Foreign Affairs 22-49.

Madagascar: en medio del cambio climático y la inseguridad alimentaria

Gema Alicia Diaz Resendiz
Imagen: TSIORY ANDRIANTSOARANA (WFP)

Madagascar, la mayor isla de África, enfrenta los efectos del cambio climático con una devastadora sequía que, junto con otros fenómenos medioambientales, condena a más de un millón de personas a niveles de inseguridad alimentaria aguda. Aunado a los problemas derivados de la endeble gobernanza del país y los estragos de la pandemia de COVID-19, este territorio se ha convertido en la zona cero de lo que el Programa Mundial de Alimentos (PMA) denomina como “la primera hambruna oficialmente producida por el cambio climático.”

Cerca de 1.5 millones de malgaches hacen frente a la grave carestía de alimentos. Todas y todos se encuentran dentro de las fases 3, 4 y 5 de la Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (CIF, 2022), que corresponden a los niveles más severos de desnutrición. Las consecuencias del cambio climático son cada vez más fuertes, pues al no tener una temporada de lluvias consistente se impide el proceso normal de cultivo. Además, el periodo habitual de escasez que sucede entre la plantación y la cosecha se ha adelantado este año, condenando a las personas al hambre o, en casos más desafortunados, a la muerte por inanición.

La variabilidad climática es un proceso natural del planeta. Madagascar tiene una temporada seca que va de mayo a octubre y una estación lluviosa que inicia en noviembre. Sin embargo, la magnitud de las alteraciones que devienen del cambio climático superan la capacidad humana de adaptabilidad. Aunque históricamente la agricultura ha consistido en un proceso de adecuación a las variaciones del clima, la aceleración con que se ha suscitado el cambio en la temperatura global impide el ciclo normal de los cultivos, convirtiéndose en una amenaza a la seguridad, entre otras cosas, por su impacto en la obtención de alimentos.

Dentro de la crisis alimentaria mundial, el caso de Madagascar es particular. A diferencia de otras hambrunas que son producto de conflictos políticos, como es el caso de Yemen y Sudán del Sur, la crisis de la isla es en gran medida el resultado de un conjunto de factores climáticos. En primer lugar, la región en la que se encuentra este país presenta un aumento de temperaturas que es del doble de la media mundial, obligando a los malgaches a sobrellevar un clima que alcanza los 45º grados la mayor parte del año.

Estas condiciones han alterado el régimen de lluvias (en los últimos años han estado por debajo de la media), provocando sequías y dejando una grave reducción en la producción de alimentos como el arroz y la yuca, fundamentales en la alimentación malgache, puesto que están en manos de agricultores de subsistencia que dependen de las precipitaciones. El ganado también se ha visto afectado, ahora encontramos una reducción en su tamaño y en el número de ejemplares. Los habitantes de esta zona dan cuenta de que esta es la sequía más intensa que ha vivido Madagascar en 40 años a la que han llamado en una lengua local kéré, que se traduce como “estar hambriento.”

El fenómeno que localmente se conoce como tiomena (de tio, viento, y mena, rojo en malgache) se ha intensificado en el Gran sur de Madagascar por sus suelos polvorientos, la escasez de lluvias y la carestía de vegetación. Estas tormentas de arena se han unido a la erosión del suelo y a la deforestación de los últimos treinta años, trayendo consigo una densa capa de polvo que cubre las tierras de cultivo e impide su uso. Expertos aseguran que el cambio climático está detrás del “viento rojo”, porque conforme aumentan las temperaturas los suelos se vuelven más secos y, por lo tanto, más arena es arrastrada por el viento (Hernández, 2022).

Las alteraciones climáticas acaban con vidas, cultivos y medios de subsistencia, dejando en situación de inseguridad alimentaria a miles de malgaches por falta de alimentos y/o de recursos para obtenerlos. El 95% de las personas que se encuentran en estas circunstancias dependen de la agricultura, la ganadería y la pesca (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura [FAO], 2021). Esto les ha llevado a buscar alternativas para su supervivencia. Aquellas y aquellos que ya no pueden permanecer en sus comunidades se desplazan hacia el norte en busca de lugares más apacibles, por lo que el número de migrantes climáticos dentro de la isla va en aumento.

Quienes se quedan buscan opciones para sobrevivir. En las zonas en las que aún se puede sembrar algo cultivan tubérculos, como el camote. Pero en otras áreas más desfavorecidas sólo se alimentan de insectos, como las langostas, o del fruto de los cactus. Desafortunadamente, incluso estas plantas han sufrido los estragos de la sequía y se han marchitado, siendo la muestra de la extrema situación del sur de Madagascar. Otras y otros se alimentan con “tierra de supervivencia”, una mezcla de arcilla blanca con tamarindo para mitigar el hambre. El gobierno de Madagascar ha buscado distribuir alimentos a través de sus cuerpos militares, sin embargo, estas medidas aún no han encontrado mucho éxito.

Los efectos del cambio climático en la inseguridad alimentaria de este país se han visto agudizados por un factor crucial: los dahalo. El acechamiento de este grupo de bandidos ha incrementado la inseguridad y escasez en la zona. Estas bandas roban principalmente ganado, pero también saquean los pocos cultivos existentes y se llevan la ayuda alimentaria internacional al igual que los utensilios de cocina. Por años han aprovechado la ausencia de la seguridad estatal en el sur, así como la complicidad de oficiales locales corruptos.

Madagascar es uno de los países que, como lo señala Amnistía Internacional (2021), “se encuentra en la primera línea de la crisis climática”. Es sumamente injusto que mientras este Estado sólo ha contribuido con el 0.01% de las emisiones globales de carbono, sea uno de los más afectados por el cambio climático. La inseguridad alimentaria en la que está sumergida la población de la parte meridional de la isla sólo es una muestra de que las consecuencias más graves de la degradación ecosistémica recaen sobre las personas más vulneradas del mundo.

La hambruna que ocurre en Madagascar es la primera en su tipo, pero no la última. Los actores causantes de las mayores emisiones de CO2 deben asumir su responsabilidad climática y comprometerse, entre otras cosas, a eliminar progresivamente el uso de los combustibles fósiles. Hay personas que están perdiendo su derecho a la alimentación, al agua, a la salud y a la vida. No podemos seguir permitiendo que las poblaciones más marginadas de la sociedad sufran las consecuencias de los agentes más contaminantes.


Referencias

Amnistía Internacional (2021). It will be too late to help us once we are dead, https://www.amnesty.org/es/documents/afr35/4809/2021/en/

Amnistía Internacional (27 de octubre de 2021). Madagascar: Los dirigentes mundiales deben actuar con urgencia para salvar vidas y proteger derechos amenazados por la crisis climática. https://www.amnesty.org/es/latest/news/2021/10/madagascar-global-leaders-must-act-urgen tly-to-save-lives/

Clasificación      Integrada      de      la      Seguridad      Alimentaria.      (s.f).      Madagascar. https://www.ipcinfo.org/ipcinfo-website/where-what/southern-africa/madagascar/en/

Farhana S. (18 de marzo de 2022). The unbearable heaviness of climate coloniality. Elsevier. https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S096262982200052X

Hernández B. (07 de enero de 2022). El sur de Madagascar se convierte en la zona cero de la     hambruna  por    el      cambio       climático.               El                         País. https://elpais.com/planeta-futuro/2022-01-07/el-sur-de-madagascar-se-convierte-en-la-zona- cero-de-la-hambruna-por-el-cambio-climatico.html

Organización de las Naciones Unidas (2 de noviembre de 2021). La primera hambruna del cambio climático se desata en Madagascar. https://news.un.org/es/story/2021/11/1499412

Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. (s.f). Hambre e inseguridad       alimentaria. https://www.fao.org/hunger/es/#:~:text=Una%20persona%20padece%20inseguridad%20ali mentaria,falta%20de%20recursos%20para%20obtenerlos