El uso del armamento biológico por el ejército japonés y las repercusiones en la seguridad humana del siglo XXI

Natalia González González

Haofei, W. apan’s Unit 731 conducting biological warfare research in Jilin province, China, in 1940.

Cuando las Armas de Destrucción Masiva (ADM) entran a discusión, se vislumbra un entendimiento de su riesgo y lo que su creación, desarrollo y proliferación significan para el sistema internacional. Sin embargo, la narrativa occidental de la seguridad se ha enfocado, principalmente, en las armas nucleares y armas químicas, olvidando aparentemente la existencia de armamento biológico. La atención a este tipo de armamento sólo cobra relevancia cuando alguna nota periodística advierte del descubrimiento de laboratorios biológicos encaminados al desarrollo de estas armas o, de igual manera, cuando se hacen notar incidentes biológicos en espacios estratégicos, como el ataque bioterrorista de 2001 en Washington (United States Department of Justice, 2010) o, de manera más reciente, cuando se ponen sobre la mesa las diversas respuestas ante la pandemia de COVID-19.


Breve historia del armamento biológico: el caso japonés.


Durante el reinado del emperador Hirohito en Japón, específicamente durante la toma de control sobre Manchuria en 1932, se estableció un centro de investigación de guerra biológica en la ciudad de Harbin. En 1937, también por mandato imperial, se estableció la Unidad de Prevención de Epidemias y Suministro de Agua Potable, conocida para el año de 1941 como Unidad 731. Esta unidad militar de investigación bacteriológica, bajo la dirección del General Shitō Ishii, estuvo encargada de la creación de armas químicas y biológicas para su subsecuente implementación en el campo de batalla (Metcalfe, 2002).

En aquel centro, no sólo se realizaban investigaciones controladas en animales como sujetos de prueba, sino que se practicaban las mismas intervenciones en prisioneros de guerra, provenientes de China, Corea y la Unión Soviética. Desde el año 1936 y hasta 1945, se realizaron pruebas que incluían el sometimiento a monitoreos de contagios intencionados, así como amputaciones sin anestesia y extracción de órganos (Van Sant, 2013).


Los científicos japoneses habían participado en investigaciones sobre guerra biológica (BW) y química (CW) en toda la región desde el momento en que Japón ocupó toda Manchuria en 1931-1932 hasta su rendición en agosto de 1945. Los científicos, con el apoyo entusiasta del gobierno, erigieron bases secretas en todo el territorio. Aquí los científicos podían experimentar libremente con animales y seres humanos sin interferencia de ninguna autoridad. Japón, durante su ocupación, convirtió a Manchuria en un gigantesco laboratorio de guerra biológica y química (Harris, 1994, p. 115).


El desarrollo de armamento biológico incluía la creación de vectores para su eventual entrega, ejemplo de ello son las bombas de porcelana y balones llenos de pulgas infectadas de agentes bacterianos que se desplegaban en espacios estratégicos como zonas agrícolas, suministros de agua y puertos importantes. Los objetivos de dichos vectores se encontraban especialmente en las provincias chinas de Hunan y Chekiang, pero también estaban dirigidas a las tropas estadounidenses ubicadas en Saipan. Desde este momento, se denotó la vulnerabilidad existente en espacios y recursos estratégicos, debido a la importancia del corredor Hunan-Chekiang para el suministro de alimentos de la costa este de China, especialmente a Nanchang, contando con vías de ferrocarril y ríos por las que la armada japonesa, y las guerrillas de resistencia chinas, se transportaban.

Pero, ¿qué ocurre después de la disolución de este programa?

Al término de la Segunda Guerra Mundial, el programa biológico estadounidense, una de las dos superpotencias, se nutrió del anterior programa biológico japonés, brindando total impunidad a los miembros de la Unidad al momento de su juicio con una supuesta insuficiencia de pruebas y bloqueos al acceso de testigos, a cambio de información recabada de los experimentos realizados en esta. [1]

En 1966, dio inicio la dispersión de estimulantes biológicos inofensivos en el sistema de trenes subterráneos de Nueva York, con el objetivo de probar una posible vulnerabilidad ante ataques biológicos debido a la propuesta de acciones experimentales dentro del territorio, pero ante la percibida amenaza de ataques biológicos contra territorio estadounidense, el presidente Richard Nixon anunció en 1969 el desarme unilateral del programa ofensivo de armas biológicas en los Estados Unidos (Carus, 2017).

En el año de 1972, se crea la Convención sobre Armas Biológicas (CAB). Si bien Estados Unidos participa, no tardaría en declarar un alto en la participación, lo que conllevaría a la falta de un régimen de verificación para un Protocolo sobre Armas Biológicas hasta la actualidad y el reconocimiento de un posible uso de armamento biológico por los adversarios del mismo país. La afirmación de la no utilización de armamento biológico por los Estados Unidos se da a partir de 1999.


Reflexiones:
La creación y desarrollo de programas de armamento biológico se considera a menudo en el discurso como algo totalmente prohibido, sin embargo, la historia reciente ha demostrado que el uso, desarrollo y evolución del armamento biológico no es un mito como se esperaría, identificándose no sólo como un riesgo a la seguridad nacional de países como Estados Unidos, China y Japón, sino una amenaza a todo el sistema internacional en su conjunto.

Asimismo, la exposición de poblaciones, infraestructura y espacios estratégicos hacia este armamento se unen a la facilidad en la que este puede ser diseminado por actores estatales y no estatales. El uso hacia blancos civiles, zonas agrícolas, e infraestructura, denota la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran las poblaciones a nivel mundial, ya que, hasta ahora, los planes estatales se concentran en la defensa y protección de las fuerzas armadas o bien la contención de los patógenos liberados después de su (difícil) identificación. Las acusaciones de uso de armamento biológico por el ejército estadounidense durante conflictos no han terminado, como ocurrió durante la Guerra de Corea.
Igualmente, durante las últimas décadas, China se ha posicionado como uno de los principales apoyos en cuestión de negociaciones en materia de armamento biológico considerando su historia. No obstante, los planes chinos en caso de una emergencia biológica se encaminan a unidades de sanitización, identificación de métodos de envío (como insectos) y se apegan a una definición de seguridad nacional defensiva. Según Escalante (2017), se trata de “cultura estratégica defensiva, una perspectiva de que el mundo es hostil, y que China está amenazada por todos los frentes, tanto internos, como externos, en comparación con otras potencias regionales como Japón, Corea del Sur, Australia o incluso Estados Unidos” (p. 337).


Actualmente, los Estados Unidos identifican a China, Corea del Norte, Rusia e Irán como probables países que mantienen el conocimiento y la capacidad de producir y utilizar patógenos y toxinas, haciendo de lado el uso histórico de estos mismos por la milicia estadounidense, el conocimiento adquirido mediante el programa biológico japonés para la evolución de su propio programa biológico y el nulo compromiso por la creación de un Protocolo de Armas Biológicas.


De esta manera, la adquisición de conocimiento de armamento biológico por el programa japonés, aunado a la impunidad de los investigadores a cambio de información, sentarían pautas que no sólo denotan las asimetrías de poder en las relaciones internacionales, sino también la falta de justicia, compromiso y viabilidad del desarme y la no proliferación de Armas de Destrucción Masiva.


Igualmente, no debe olvidarse que en cuestión de seguridad, Japón también se vio fuertemente afectado debido a los sucesos de la Segunda Guerra Mundial, ya que, aunque se dio el indulto a investigadores de guerra biológica, según el artículo 9 de la Constitución de Japón, se renuncia a la guerra como derecho soberano de la nación, “no se mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco otro potencial bélico” (Prime Minister’s Office of Japan, s.f). Fue relegada la tarea de vigilancia, identificación y/o contención de incidentes biológicos a las fuerzas policiales, sucesos ya ocurridos en las décadas de 1980 y 1990 (Clark & Pazdernik, 2016).


En conclusión, la creación y verificación de un Protocolo de Armas Biológicas se trata de un tema delicado, empero necesario. Si bien, “ningún Estado reconoce hoy día que posee armas biológicas o que tiene un programa para desarrollarlas” (Gillis, 2017, p. 58), no es tomado en cuenta el uso dual de agentes biológicos ni la implementación de nuevo conocimiento y tecnologías sobre patógenos y toxinas fuera de ámbitos militares, tampoco la necesidad de una efectiva regulación en lo que refiere a empresas farmacéuticas y laboratorios que cuentan con cepas biológicas.

[1] La historia del armamento biológico en los Estados Unidos se retoma desde el año de 1942 con el inicio del Programa Ofensivo de Armamento Biológico. El programa fue incentivado por el ambiente internacional de la época, teniendo en cuenta los programas biológicos desarrollados por Alemania y el gran avance en el área por Gran Bretaña, lo que inició una carrera armamentista en términos biológicos. La información extraída del programa biológico japonés constituyó una importante evolución para los Estados Unidos, situación reconocida por el General estadounidense Douglas MacArthur (presente también en la Guerra filipino-estadounidense y la Guerra de Corea), quien se encontraba a cargo de la ‘reconstrucción’ de Japón, así como de la recolección de pruebas sobre guerra biológica japonesa (Leavitt, W. M., 2015).

Referencias:

  1. Escalante, M. (2017). “La cultura estratégica China y su política exterior nacionalista en el Siglo XXI. Reflexiones para América Latina”, América Latina y el Caribe. Relaciones políticas e internacionales 2017, México, 337 pp.
  2. Carus S. (2017), A Short History of Biological Warfare: From Pre-History to the 21st Century. Center for the Study of Weapons of Mass Destruction, Washington, D.C, 45 pp.
  3. Clark, D. P., & Pazdernik, N. J. (2016). Biological Warfare: Infectious Disease and Bioterrorism. Biotechnology, 687–719.
  4. United States Department of Justice. (2010), Amerithrax investigative summary. Washington, D.C. https://www.justice.gov/archive/amerithrax/docs/amx-investigative-summary.pdf
  5. Gillis, M. (2017). Disarmament a basic guide. UNODA. Nueva York, 105 pp.
  6. Fleury, J. S. (2022). THE RISE AND FALL OF THE JAPANESE EMPIRE (CHAPTER XX). 40 pp.
  7. Harris, S. (1994) Factories of Death: Japanese Biological Warfare, 1932-45, and the American Cover-up, Rutledge, 385 pp.
  8. Herrera, D. (2017). “Producción estratégica del espacio y hegemonía mundial. La confluencia en el estudio de la Geografía política y la Geopolítica” en León Hernández, E. (coord.); Praxis espacial en América Latina. Lo geopolítico puesto en cuestión. UNAM, Itaca, México, pp. 129-152.
  9. Metcalfe, N. (2002). A Short History of Biological Warfare. Medicine, Conflict and Survival, 18(3), 271–282.
  10. Prime Minister’s Office of Japan. (s.f.). The Constitution of Japan. https://japan.kantei.go.jp/constitution_and_government_of_japan/constitution_e.html
  11. State Council Information Office of the People’s Republic of China. (2019). China’s National Defense in the New Era. 51 pp.
  12. U.S. Department of Defense. (2023). Biodefense Posture Review. 56 pp.
  13. Van Sant, J. E. (2013). [Review of Japan’s Wartime Medical Atrocities: Comparative Inquiries in Science, History, and Ethics, by J.-B. Nie, N. Guo, M. Selden, & A. Kleinman]. Journal of the History of Medicine and Allied Sciences, 68(1), 154–156.

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