Rusia: la seguridad militarista por antonomasia

Ernesto Arturo Vallejo Toledo
Imagen del autor. En las murallas del Kremlin, símbolo del poder político de Rusia.

Desde su surgimiento en Europa del Este, la nación rusa ha estado constantemente amenazada por las condiciones climáticas –que la empujan a buscar tierras más fértiles–, por sus belicosos vecinos –los mongoles llegaron a someter al Rus de Kiev– y por la geografía –la vulnerable Llanura Nordeuropea. En consecuencia, el Estado ruso que se desarrolló alrededor de Moscú nació con un profundo sentido de vulnerabilidad que lo llevó a hacer de su supervivencia una máxima en su política.

Lo anterior llevó a los zares a buscar barreras naturales que dieran profundidad defensiva a Moscú: el Mar Báltico, el Mar Negro, el Océano Ártico, los Urales. Catalina la Grande conquistó la Península de Crimea y Pedro el Grande soñó con una salida al Océano Índico, donde las botas rusas pudieran mojarse en aguas cálidas. Por lo tanto, en la concepción de seguridad tradicional de Rusia las amenazas a la seguridad del Estado eran principalmente externas y la manera de enfrentarlas era la fuerza militar.

El enfoque extremo de Moscú hacia una seguridad militarista y estatocéntrica fue una de las razones del escaso desarrollo interno, una sociedad civil débil y difíciles condiciones de vida que imperaban en Rusia en tiempos de la Revolución de Octubre. La falta de sentido del pueblo ruso –recogida en sus distintas obras de literatura– requirieron la articulación de una idea rusa (русская идея), un término filosófico que buscaba expresar la singularidad de Rusia como una civilización ni occidental ni oriental y que, por lo tanto, estaba llamada a ser el faro de los pueblos eslavos y la cristiandad. Era una idea de corte imperialista, pero que permitía cohesionar a una población heterogénea y a una sociedad profundamente desigual.[1] Así, el pueblo ruso podía contentarse con el sentimiento de singularidad a pesar de sus deplorables condiciones de vida.

Dicha idea rusa profundizó aún más la prioridad de la seguridad –expresada principalmente hacia el exterior– en detrimento del desarrollo interno. Fue esta concepción lo que llevó al zar Nicolás II Romanov a involucrarse en la Gran Guerra cuando gran parte del Ejército Ruso no tenía siquiera armas con las cuales luchar. Es necesario recalcar que la sensación de vulnerabilidad –y el consecuente temor– que experimenta Rusia desde su surgimiento está justificado por la historia. En menos de 200 años marcharon por la Llanura Nordeuropea la Grande Armée de Napoleón, el Ejército Blanco y la Wermacht, poniendo en peligro la supervivencia del Estado ruso.

La Gran Guerra Patria (Великая Отечественная война) –nombre en la historiografía ruso-soviética de la Segunda Guerra Mundial– fue un evento cataclísmico para la Unión Soviética y, especialmente, para los pueblos eslavos del Frente Oriental. No sólo el Estado se encontró amenazado, sino la supervivencia de la misma nación pendió sobre un hilo. La guerra, por lo tanto, cimentó la prioridad de la seguridad nacional en su acepción militarista sobre cualquier tema de desarrollo. La principal prioridad de la Unión Soviética fue asegurar su mantenimiento frente a las amenazas externas. Para ello, recurrió al poderío militar del Ejército Rojo –sin paragón en cuanto a poder terrestre se refería– y después al Pacto de Varsovia aunado a la posesión de armas nucleares.

Lo anterior no debe leerse como una condena positivista de la falta de desarrollo del pueblo ruso; hubo momentos importantes de bienestar, bajo Catalina la Grande e incluso con las políticas sociales de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). No obstante, el Estado dirigido desde Moscú –sea zarista, soviético o ruso– ha privilegiado siempre la seguridad en su conceptualización clásica y ha dejado de lado temas de desarrollo. Este divorcio entre lo externo y lo interno ha requerido la articulación de la idea rusa, a fin de mantener la cohesión social en un ambiente donde las élites han marcado el rumbo del Estado con poca atención a las necesidades de la población.

Todas las sociedades requieren la articulación de mitos para cooperar en gran escala según lo explica Yuval Noah Harari.[2] En el caso de Rusia, no obstante, la necesidad de sentido es especialmente fuerte dado la heterogeneidad étnica, social y económica de la población rusa. Este sentido ha sido otorgado por una serie de actores –dentro de los que destacan los escritores como guías[3]– y condensado en la idea filosófica de la русская идея que tuvo vigencia hasta la Revolución de Octubre y el ascenso del régimen socialista.

Durante la era soviética las ideas del marxismo-leninismo, el culto a Vladimir Ilich Lenin y a Stalin, la victoria contra la Alemania Nazi y un nuevo sentimiento de singularidad por la existencia de la URSS cohesionaron a una población sumamente heterogénea en todos los sentidos. Con la implosión de la Unión Soviética, Rusia atravesó una crisis de identidad que se saldó con el ascenso de Vladimir Putin, el culto a la victoria en la Gran Guerra Patria[4] y la articulación de una nueva idea rusa que postula el sentido de la nación rusa como gran potencia.

A través de una breve revisión histórica es posible dilucidar que las amenazas que enfrentó el proto-Estado ruso desde su formación llevó a un fuerte sentimiento de vulnerabilidad y a la priorización de la seguridad sobre el desarrollo. Esta tendencia se mantuvo desde la Rusia zarista, pasando por la Unión Soviética hasta la actual Federación Rusa. Es importante matizar que Rusia no es el único Estado que adolece de un énfasis excesivo en la concepción tradicional de seguridad –ni el fenómeno de las élites velando por sus intereses es exclusivamente ruso–, pero sí se trata de un útil caso de estudio al encarnar la seguridad militarista por antonomasia.


[1] En este sentido es parecida a la institución esclavista en Estados Unidos: al unir la esclavitud con una serie de características étnicas los blancos explotados por las élites podían contentarse de no ser el último eslabón de la jerarquía social.

[2] Yuval Noah Harari, Sapiens: de animales a dioses, México, Debate, 2014. 496 pp. 

[3] Pushkin (Александр Сергеевич Пушкин) es el más famoso de todos ellos y uno de los garantes de sentido en la percepción social rusa.

[4] El culto a la victoria se ve expresado por la cantidad de monumentos y recordatorios que permean las ciudades rusas. La Gran Guerra Patria es un evento que afectó a toda la sociedad en su conjunto y como tal, es recordada por todos los estratos. Hasta hoy, el Regimiento Inmortal (los familiares de los caídos en la guerra con las fotografías de sus seres queridos) sigue marchando cada Día de la Victoria.


Referencias

Mercedes Giuffré; Catalina la Grande, RBA Editores, Ciudad de México, 2021, 165 pp.

Odd Arne Westad; The Cold War: A World History. Basic Books, Estados Unidos, 2017, 710 pp.

Tim Marshall; Prisioners of Geography: Ten maps that explain everything about the world. Scriber, Nueva York, 2015, 305 pp.

Yuval Noah Harari, Sapiens: de animales a dioses, México, Debate, 2014. 496 pp.